|
Prólogo
Tras cada hombre
viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con
que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos,
aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta
Tierra.
Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa
coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro
universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce
una estrella en ese Universo.
Pero, cada una de esas estrellas es un sol,
a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que
denominamos el Sol. Y muchos -quizá la mayoría- de esos soles lejanos tienen
planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el
firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer
hombre-mono, su propio mundo particular: cielo... o infierno.
No tenemos
medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran
habitados, y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos está millones
de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aún para la próxima
generación. Mas las barreras de las distancia se están desmoronando, y día
llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las
estrellas.
Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva;
algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el
número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros,
puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el
espacio?
¿Por qué no, en efecto? Sólo hay una posible respuesta a esta
muy razonable pregunta. Mas recordad, por favor, que ésta es sólo una obra de
ficción.
La verdad, como siempre, será mucho más
extraordinaria.
A.C.C. S.K.
|