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Kubrick, un autócrata del cine
Con su barba bohemia y aire informal podría haber pasado por un físico nuclear o por un poeta rumano. Bajo esa apariencia se ocultaba un cineasta extremadamente peculiar, un director con mentalidad no ya de productor, como fue Otto Preminger, sino con espíritu de general. Alardeaba, en efecto, de una gran memoria retentiva y un don especial para la organización, que según él debía a la práctica constante del ajedrez, que ya de adolescente jugaba por dinero en Washington Square, para ganarse los tres dólares diarios que entonces le bastaban para su sustento. El caso es que Kubrick organizaba sus películas como operaciones militares y supervisaba personalmente hasta los últimos detalles, de los trajes a la música e incluso la exhibición -elegía hasta el local donde se estrenarían en cada ciudad- en el país que fuera: un ordenador le permitía, entre otras muchas cosas, saber al día lo que sus películas recaudaban en todo el mundo.
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